La callejuela




Bastos confines en vastos sentires concentrados allá en las tejas centenarias, donde mirara desde la boca de la estrecha sin más salida que su entrada.

Así saltaran las idénticas hasta masacre charca en fila ordenada y funesta, liberando humo el solitario frenado, absorto entre tierras firmes y etéreas. Cuando lanzara la punta del pitillo occiso al lamento líquido que observara.

Sólo cinco minutos te quedan, alma mía.Resonó en las escuetas entrañas vestidas de madrugada.Forma parte del juego que menos agrada, sin embargo es mi momento favorito (…) puede que repitas lo que repitieron millones llevados por las condiciones que os rigen.

Enlutada vestimenta con sombrero de ala larga, escapó de su naturaleza entre sombras para plantarse bajo la única farola de la fatídica callejuela.

Son mis últimos cinco minutos, no los jodas.Arrogancia de quien final no evade.No recuerdo que en nuestro trato figurara aguantar tu verborrea, señor azufre.

Diablo viejo con aspecto mafioso de los cuarenta, caminó danzando habilidoso para parar entre mofas casi pegado al vendido. Fuera con su izquierda el descubrir testa para enseñar cara de ángel truncada por mirada encendida.

Pareces seguro dentro del raciocinio que merece mi regalo. Saborear existencia sin adversidades, castigos o pecados a cambio de formar parte de mi séquito.

La experiencia resultó provechosa, no puedo negarlo. De sacerdote devoto a vender mi alma al diablo.
Danzara de nuevo aquel que hace cumplir condenas...

Dime: ¿Tan tremendo resulta realizar todos los anhelos en vida a cambio de tu alma?

Yo no he dicho eso, azufre. Todo lo contrario.

Cada cual escoge sus bajezas (…) puede que vírgenes jovencitas (…) niñas, niños (…) Tú eres el primero de demasiados que ha obrado...

Me dijiste todo lo que deseara, y quise solucionar la vida a unos cuantos...

A miles, diría yo. Te quedan dos minutos (…) ¿rogarás?

No, prefiero un habano, ya no me quedan.

Increíble (…) Deseo concedido, sacerdote.

P.D. No son malos los tratos con el diablo, nos tienen engañados al señalar cual enemigo a quien otorga ignorando al que pide. La atrocidad siempre albea de la carne, el deseo oscuro, nunca en el mercader que escucha y concede.
Basta un ser humano bondadoso y empático para convertir su tragedia en tabla de salvación de cientos (puede que miles) que soportan el auténtico infierno aquí, en la tierra.
Sin más ánimos que entretener con letras casadas o divorciadas, me despido no sin antes desearte de lo bueno lo mejor con un hasta entonces, hasta ahora.

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Dadelhos Pérez